Planchando el vestuario...
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Ambientada en la década de los setenta, la obra sigue a Jorge y Martha, un matrimonio sumergido en una desgastante espiral de rencores, crueldad y juegos mentales destinados a exhibir la fragilidad mutua. Cuando reciben en su casa a una pareja joven de recién casados, la velada se torna un turbio cuadrilátero donde las máscaras sociales se desmoronan para revelar los impulsos más viscerales y las frustraciones inconfesables de los anfitriones.
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3 reseñas de la comunidad
Cuando leí ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, lo primero que pensé fue: ¡wow, qué difícil debe ser dirigir y actuar esta obra, con diálogos larguísimos y emociones complejas que requieren muchísimos matices para no volverse cansada! En esta producción, Peccuta Minata resuelve el problema acortando el diálogo y trasladando parte de la carga emocional al teatro físico. Es la primera obra que veo con todo el texto pregrabado, para poner toda la energía en la corporalidad de los actores, y lo logran con creces. Hay un momento de ruptura en el que gritan “¡Ya!” a viva voz, y se me puso la piel de gallina. Después de un rato de voces grabadas, escuchar ese grito y ver la vulnerabilidad de la compañía fue grandioso; tanto, que me quedé con ganas de más (pensé que seguiría un segmento con diálogos hablados). Creo que eso pasa con esta compañía: te deja con ganas de más, y eso puede ser un arma de doble filo. La obra original puede durar hasta tres horas y media; aquí lograron una buena adaptación de hora y media, aunque en los recortes siento que se apresura el conflicto que debe crecer lentamente hasta el clímax y el gran giro final que amarra todo. La trama no es sencilla y necesita madurar poco a poco. Pero al final qué maravilla ver a esta compañía en escena y cómo crece artísticamente con cada montaje.
Ver reseña y comentarPeccuta Minata no decepciona, son grandes actores que siempre dan el 100
Ver reseña y comentarLa propuesta escénica me puso nervioso al principio: temía que pudiera volverse repetitiva o cansada muy rápido. Afortunadamente, no fue así. El trabajo físico y de dirección se mantiene interesante, arriesgado y sorprendente de principio a fin. Beto construye una progresión constante de la acción y del espacio escénico, siempre reservándose algún gesto inteligente, una acción ingeniosa o una movida arriesgada. La puesta consigue mantener la expectativa, con la sensación de que en cualquier momento puede ocurrir algo inesperado. La energía del elenco no siempre es homogénea, pero hay que reconocer la complejidad del trabajo que realizan en escena: logran ejecutarlo con precisión y ojalá, con el tiempo, también ganen soltura y dominio. Curiosamente, sentí que la acción física se quedó un poco corta frente a la explosión emocional del texto. Cuando creí que estábamos llegando al clímax, en realidad ya nos encontrábamos en el desenlace. Pero que estas observaciones no le resten mérito al gran trabajo de todo el equipo. Empecé la función con el temor de que la propuesta terminara por cansarme y salí con ganas de que el juego no se hubiera terminado.
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Cuando leí ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, lo primero que pensé fue: ¡wow, qué difícil debe ser dirigir y actuar esta obra, con diálogos larguísimos y emociones complejas que requieren muchísimos matices para no volverse cansada! En esta producción, Peccuta Minata resuelve el problema acortando el diálogo y trasladando parte de la carga emocional al teatro físico. Es la primera obra que veo con todo el texto pregrabado, para poner toda la energía en la corporalidad de los actores, y lo logran con creces. Hay un momento de ruptura en el que gritan “¡Ya!” a viva voz, y se me puso la piel de gallina. Después de un rato de voces grabadas, escuchar ese grito y ver la vulnerabilidad de la compañía fue grandioso; tanto, que me quedé con ganas de más (pensé que seguiría un segmento con diálogos hablados). Creo que eso pasa con esta compañía: te deja con ganas de más, y eso puede ser un arma de doble filo. La obra original puede durar hasta tres horas y media; aquí lograron una buena adaptación de hora y media, aunque en los recortes siento que se apresura el conflicto que debe crecer lentamente hasta el clímax y el gran giro final que amarra todo. La trama no es sencilla y necesita madurar poco a poco. Pero al final qué maravilla ver a esta compañía en escena y cómo crece artísticamente con cada montaje.
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Peccuta Minata no decepciona, son grandes actores que siempre dan el 100
La propuesta escénica me puso nervioso al principio: temía que pudiera volverse repetitiva o cansada muy rápido. Afortunadamente, no fue así. El trabajo físico y de dirección se mantiene interesante, arriesgado y sorprendente de principio a fin. Beto construye una progresión constante de la acción y del espacio escénico, siempre reservándose algún gesto inteligente, una acción ingeniosa o una movida arriesgada. La puesta consigue mantener la expectativa, con la sensación de que en cualquier momento puede ocurrir algo inesperado. La energía del elenco no siempre es homogénea, pero hay que reconocer la complejidad del trabajo que realizan en escena: logran ejecutarlo con precisión y ojalá, con el tiempo, también ganen soltura y dominio. Curiosamente, sentí que la acción física se quedó un poco corta frente a la explosión emocional del texto. Cuando creí que estábamos llegando al clímax, en realidad ya nos encontrábamos en el desenlace. Pero que estas observaciones no le resten mérito al gran trabajo de todo el equipo. Empecé la función con el temor de que la propuesta terminara por cansarme y salí con ganas de que el juego no se hubiera terminado.