Planchando el vestuario...
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El mafioso Arturo Ui busca expandir su poder y dominio en el comercio de la coliflor en Chicago. Para ello, se servirá de todos los medios con tal de llegar a la cima. Esta historia está basada en un acontecimiento mundial donde un dictador, con bigote icónico, casi domina el mundo. Pero en esta ficción no hay soldados, sino gánsters en la gran urbe de Chicago de los años 30. Cualquier parecido con la realidad pasada, presente o futura… no es mera coincidencia.
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2 reseñas de la comunidad
La obra tarda en arrancar y los primeros minutos están tan cargados de información que se siente cuesta arriba pero una vez que arranca engancha rápidamente. Todo el apartado técnico es precioso, desde la utilería, pasando por el maquillaje hasta la iluminación. Mantienen una estética muy clara y no hay nada en escena que desentone con su propuesta. En la dirección, salvó ese inicio un poco difícil (Mucho tiene que ver el texto en esto), es más que correcta, la constante búsqueda de imágenes da sus frutos con la atención del espectador, al igual que los números musicales que funcionan perfectos para darle un cambio necesario en el ritmo de la obra. Las interpretación son precisas, la creación de personajes logra darle un sabor diferente a cada personaje que los vuelve entrañables. Sin duda Brecht no es una dramaturgia ni un teatro para todos y sin embargo la propuesta de dirección y la interpretación hacen mucho más fácil disfrutar la obra.
Ver reseña y comentarUi Did It A través del lenguaje del clown, la puesta en escena articula una mordaz reflexión sobre los mecanismos de legitimación del poder y la responsabilidad colectiva que implica concederlo y sostenerlo. La farsa, la exageración y el absurdo operan como dispositivos de denuncia que desnudan una verdad profundamente incómoda: el autoritarismo no se construye únicamente desde la voluntad de quien pretende dominar, sino también desde la complacencia, la omisión y la indiferencia de quienes permiten su ascenso. Lo verdaderamente perturbador radica en cómo lo grotesco deja de parecernos una deformación de la realidad para convertirse en un reflejo inquietantemente reconocible de nuestras propias estructuras sociales. La comicidad no desactiva la violencia del discurso político, sino que evidencia lo fácilmente que podemos acostumbrarnos a ella. La obra nos confronta entonces con una pregunta que trasciende el escenario: ¿cuánto del poder que denunciamos hemos contribuido a legitimar con nuestro silencio? Porque el peligro no reside exclusivamente en quienes ambicionan el poder, sino también en una sociedad que renuncia a cuestionarlo. Una provocación escénica que nos recuerda que el ascenso del autoritarismo no es inevitable y que apartar la mirada nunca ha sido un acto de neutralidad.
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La obra tarda en arrancar y los primeros minutos están tan cargados de información que se siente cuesta arriba pero una vez que arranca engancha rápidamente. Todo el apartado técnico es precioso, desde la utilería, pasando por el maquillaje hasta la iluminación. Mantienen una estética muy clara y no hay nada en escena que desentone con su propuesta. En la dirección, salvó ese inicio un poco difícil (Mucho tiene que ver el texto en esto), es más que correcta, la constante búsqueda de imágenes da sus frutos con la atención del espectador, al igual que los números musicales que funcionan perfectos para darle un cambio necesario en el ritmo de la obra. Las interpretación son precisas, la creación de personajes logra darle un sabor diferente a cada personaje que los vuelve entrañables. Sin duda Brecht no es una dramaturgia ni un teatro para todos y sin embargo la propuesta de dirección y la interpretación hacen mucho más fácil disfrutar la obra.

Ui Did It A través del lenguaje del clown, la puesta en escena articula una mordaz reflexión sobre los mecanismos de legitimación del poder y la responsabilidad colectiva que implica concederlo y sostenerlo. La farsa, la exageración y el absurdo operan como dispositivos de denuncia que desnudan una verdad profundamente incómoda: el autoritarismo no se construye únicamente desde la voluntad de quien pretende dominar, sino también desde la complacencia, la omisión y la indiferencia de quienes permiten su ascenso. Lo verdaderamente perturbador radica en cómo lo grotesco deja de parecernos una deformación de la realidad para convertirse en un reflejo inquietantemente reconocible de nuestras propias estructuras sociales. La comicidad no desactiva la violencia del discurso político, sino que evidencia lo fácilmente que podemos acostumbrarnos a ella. La obra nos confronta entonces con una pregunta que trasciende el escenario: ¿cuánto del poder que denunciamos hemos contribuido a legitimar con nuestro silencio? Porque el peligro no reside exclusivamente en quienes ambicionan el poder, sino también en una sociedad que renuncia a cuestionarlo. Una provocación escénica que nos recuerda que el ascenso del autoritarismo no es inevitable y que apartar la mirada nunca ha sido un acto de neutralidad.