Planchando el vestuario...
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¿Envejecer significa el fin del deseo? A partir de entrevistas en profundidad con personas mayores de diversos orígenes y biografías, Mohamed El Khatib traslada a escena sus testimonios sobre intimidad, afecto, sexualidad y compañía en la tercera edad. Con humor conmovedor y honestidad descarnada, este performance documental derriba los prejuicios sobre la vejez, celebrando la necesidad humana de vincularse amorosamente hasta el final del camino.
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2 reseñas de la comunidad
Una obra sobre la pasión que permanece intacta con los años. Amable. Una exploración escénica que, si bien no profundiza lo suficiente, ofrece una mirada refrescante sobre la plenitud en la vejez.
Ver reseña y comentarLa vida secreta de los viejos Una reflexión sobre la crueldad con la que una sociedad decide que el deseo también debe jubilarse. En un mundo que parece concederle a la juventud el monopolio de la sensualidad, envejecer se convierte en una suerte de condena al silencio, donde el cuerpo deja de ser territorio de placer para convertirse, ante la mirada ajena, en un vestigio de lo que alguna vez fue. La obra nos confronta con esa violencia disfrazada de convención social que mutila una dimensión profundamente humana: la necesidad de desear y ser deseado. Porque quizá lo verdaderamente incómodo no sea imaginar a los viejos como seres sexuales, sino reconocer que hemos construido una sociedad incapaz de concebir el erotismo más allá de la juventud. Al final, no es el deseo lo que caduca, sino nuestra capacidad de reconocerlo en los cuerpos que envejecen.
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Una obra sobre la pasión que permanece intacta con los años. Amable. Una exploración escénica que, si bien no profundiza lo suficiente, ofrece una mirada refrescante sobre la plenitud en la vejez.

La vida secreta de los viejos Una reflexión sobre la crueldad con la que una sociedad decide que el deseo también debe jubilarse. En un mundo que parece concederle a la juventud el monopolio de la sensualidad, envejecer se convierte en una suerte de condena al silencio, donde el cuerpo deja de ser territorio de placer para convertirse, ante la mirada ajena, en un vestigio de lo que alguna vez fue. La obra nos confronta con esa violencia disfrazada de convención social que mutila una dimensión profundamente humana: la necesidad de desear y ser deseado. Porque quizá lo verdaderamente incómodo no sea imaginar a los viejos como seres sexuales, sino reconocer que hemos construido una sociedad incapaz de concebir el erotismo más allá de la juventud. Al final, no es el deseo lo que caduca, sino nuestra capacidad de reconocerlo en los cuerpos que envejecen.