Planchando el vestuario...
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Al cumplir los treinta años, una mujer comienza a experimentar una inquietante y absurda metamorfosis: su cuerpo muta de humana a gallina, repitiendo el mismo destino biológico y psicológico que sufrió su abuela décadas atrás. Descubrir que morir entre plumas, cacareos y domesticación es la herencia de las mujeres de su linaje la confronta con el peso del mandato materno, cuya única solución parece ser desplumarse una y otra vez. Un agudo unipersonal de humor negro y realismo mágico —escrito e interpretado por Nadia Zoé bajo la dirección de Valeria Fabbri— que reflexiona con mordacidad sobre los mandatos familiares, la herencia generacional femenina y la búsqueda de autonomía.
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1 reseña de la comunidad
Gallina parte de una imagen tan absurda como perturbadora: una mujer de treinta años descubre que está convirtiéndose en gallina, repitiendo la metamorfosis de su abuela. Para escapar de ese destino recibe de su madre una receta brutal y simbólica: desplumarse. Desde ahí, el unipersonal convierte el cuerpo en territorio de una herencia más profunda. No solo se transmiten mandatos, sino formas de comprender el amor, el dolor y el placer. El núcleo familiar aparece como una primera pedagogía afectiva, capaz de enseñarnos que sufrir es parte de vivir, que amar implica resistir y que la felicidad debe merecerse. La violencia deja entonces de ser una irrupción excepcional para revelarse como algo que puede normalizarse desde lo cotidiano. Cuando el sacrificio se confunde con amor y soportar se vuelve virtud, ciertas formas de control comienzan peligrosamente a resultar familiares. Ahí, el humor negro me resulta especialmente incómodo: no porque la violencia deba provocar risa, sino porque expone cuánto hemos aprendido a volver chiste aquello que debería alarmarnos. Lo grotesco no suaviza la violencia: la desnuda. Gallina habla, al final, de cómo lo heredado puede instalarse en el cuerpo hasta parecer naturaleza y de la posibilidad de reconocerlo antes de seguir reproduciéndolo.
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Gallina parte de una imagen tan absurda como perturbadora: una mujer de treinta años descubre que está convirtiéndose en gallina, repitiendo la metamorfosis de su abuela. Para escapar de ese destino recibe de su madre una receta brutal y simbólica: desplumarse. Desde ahí, el unipersonal convierte el cuerpo en territorio de una herencia más profunda. No solo se transmiten mandatos, sino formas de comprender el amor, el dolor y el placer. El núcleo familiar aparece como una primera pedagogía afectiva, capaz de enseñarnos que sufrir es parte de vivir, que amar implica resistir y que la felicidad debe merecerse. La violencia deja entonces de ser una irrupción excepcional para revelarse como algo que puede normalizarse desde lo cotidiano. Cuando el sacrificio se confunde con amor y soportar se vuelve virtud, ciertas formas de control comienzan peligrosamente a resultar familiares. Ahí, el humor negro me resulta especialmente incómodo: no porque la violencia deba provocar risa, sino porque expone cuánto hemos aprendido a volver chiste aquello que debería alarmarnos. Lo grotesco no suaviza la violencia: la desnuda. Gallina habla, al final, de cómo lo heredado puede instalarse en el cuerpo hasta parecer naturaleza y de la posibilidad de reconocerlo antes de seguir reproduciéndolo.