Planchando el vestuario...
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A Mi Mamá le Gusta Bruce Willis
@kraken.teatroProducción:Kraken Teatro• CDMX

Producción:Kraken Teatro• CDMX
Una mujer reconstruye su historia a partir del lenguaje de la TV de los 80 —con Bruce Willis como imaginario— y vende un 'quita-secretos' familiar. Entre ironía y furia, la autoficción desmonta la memoria y convierte a la madre en héroe de acción.
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1 reseña de la comunidad
A mi mamá le gusta Bruce Willis Quizá la mayor ficción que hemos construido no sea la de los héroes de acción, sino la de la familia perfecta. Entre la ironía, la memoria y la autoficción, Valentina Garibay construye un ejercicio escénico de una vulnerabilidad desarmante, donde las fronteras entre la experiencia personal y la ficción se desdibujan para confrontarnos con nuestras propias heridas. Una puesta que nos recuerda que las familias que llamamos disfuncionales quizá sean mucho más normales de lo que estamos dispuestos a reconocer. Pero su mayor potencia reside en una reflexión necesaria: la responsabilidad y la vergüenza del daño deben recaer en quienes lo provocaron, nunca en quienes tuvieron que padecerlo. Porque sanar también puede significar devolver culpas ajenas y dejar de cargar historias que no elegimos. Hay también un reconocimiento profundamente humano a las madres que, aun con recursos limitados, contradicciones y sus propias heridas, continúan enfrentando las complejidades de la crianza. No se trata de idealizarlas ni de exigirles una fortaleza inagotable, sino de reconocer la extraordinaria resistencia que muchas veces se esconde detrás de lo cotidiano. Una obra sobre abrazar la imperfección, resignificar nuestras heridas y comenzar a soltar, sin que ello implique justificar el daño. Porque quizá el verdadero heroísmo no consista en ser invencibles, sino en atrevernos a ser vulnerables y, aun así, encontrar la fuerza para seguir adelante.
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A mi mamá le gusta Bruce Willis Quizá la mayor ficción que hemos construido no sea la de los héroes de acción, sino la de la familia perfecta. Entre la ironía, la memoria y la autoficción, Valentina Garibay construye un ejercicio escénico de una vulnerabilidad desarmante, donde las fronteras entre la experiencia personal y la ficción se desdibujan para confrontarnos con nuestras propias heridas. Una puesta que nos recuerda que las familias que llamamos disfuncionales quizá sean mucho más normales de lo que estamos dispuestos a reconocer. Pero su mayor potencia reside en una reflexión necesaria: la responsabilidad y la vergüenza del daño deben recaer en quienes lo provocaron, nunca en quienes tuvieron que padecerlo. Porque sanar también puede significar devolver culpas ajenas y dejar de cargar historias que no elegimos. Hay también un reconocimiento profundamente humano a las madres que, aun con recursos limitados, contradicciones y sus propias heridas, continúan enfrentando las complejidades de la crianza. No se trata de idealizarlas ni de exigirles una fortaleza inagotable, sino de reconocer la extraordinaria resistencia que muchas veces se esconde detrás de lo cotidiano. Una obra sobre abrazar la imperfección, resignificar nuestras heridas y comenzar a soltar, sin que ello implique justificar el daño. Porque quizá el verdadero heroísmo no consista en ser invencibles, sino en atrevernos a ser vulnerables y, aun así, encontrar la fuerza para seguir adelante.